El Americano
El Americano Todo había terminado, y también él podía descansar por fin. Volvió a encaminarse por calles estrechas y tortuosas hacia el Sena, y allí vio, cerniéndose sobre su cabeza, las plácidas y anchurosas torres de Notre-Dame. Cruzó uno de los puentes y se quedó un momento en el espacio vacío que hay frente a la gran catedral; después, entró por debajo de las portadas de profusa imaginería. Deambuló nave arriba y se sentó en la espléndida penumbra. Estuvo mucho tiempo sentado; oyó cómo unas campanas lejanas, con largos intervalos, repicaban al resto del mundo. Estaba muy cansado; en ningún sitio podía estar mejor que aquí. No dijo ninguna plegaria; no tenía ninguna plegaria que decir. No tenía nada a lo que estar agradecido, ni nada que pedir; no había nada que pedir porque ahora tenía que cuidar de sí mismo. Pero una gran catedral ofrece una hospitalidad muy variopinta, y Newman se quedó sentado en su sitio, porque mientras estuviese allí estaría fuera del mundo. Lo más desagradable que le había ocurrido en toda su vida había llegado a su término formal, por así decirlo; podía cerrar el libro y guardarlo. Apoyó la cabeza durante un buen rato sobre el banco que tenía enfrente; cuando la levantó, sintió que volvía a ser él. En algún lugar de su cerebro, un nudo estrecho parecía haberse desatado. Pensó en los Bellegarde; casi los había olvidado. Los recordaba como personas a quienes había tenido intención de hacerles algo. Soltó un gemido al recordar lo que había querido hacer; le molestó haber querido hacerlo; de pronto, a su venganza se le había caído el fundamento. Si era caridad cristiana o bondad no regenerada, qué era en el fondo de su alma, no pretendo decirlo yo; pero el último pensamiento de Newman fue que, por supuesto, dejaría en paz a los Bellegarde.