El Americano

El Americano

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—¿A Suiza? Es un hermoso país. ¡Daría mi parasol nuevo por verlo! ¡Lagos y montañas, románticos valles y cumbres nevadas! Ah, le felicito. Mientras tanto, yo me pasaré el caluroso verano aquí sentada, pintarrajeando sus cuadros.

—Bueno, tómese todo el tiempo que necesite —dijo Newman—. Hágalos cuando buenamente pueda.

Siguieron caminando y miraron unas cuantas cosas más. Newman señalaba lo que le gustaba, y mademoiselle Noémie por lo general lo criticaba y proponía otra cosa. Entonces, de pronto, se desvió hacia una cuestión personal.

—¿Qué le impulsó a hablarme el otro día en el Salón Carré? —preguntó de modo abrupto.

—Admiraba su cuadro.

—Pues estuvo usted dudando un buen rato.

—Bueno, no hago nada precipitadamente —dijo Newman.

—Sí, vi que me observaba. Pero en ningún momento pensé que fuese a hablar conmigo. Jamás soñé que hoy estaría paseándome por aquí con usted. Es muy curioso.

—Es muy natural —observó Newman.

—Oh, disculpe, para mí no. Por muy coqueta que pueda usted considerarme, nunca me había paseado en público con un caballero. ¿En qué estaría pensando mi padre cuando accedió a nuestro encuentro?


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