El Americano
El Americano —Se estaba arrepintiendo de sus injustas acusaciones —replicó Newman.
Mademoiselle Noémie guardó silencio, y después se dejó caer en un asiento.
—Bueno, pues está todo dicho respecto a esos cinco. Cinco copias tan espléndidas y hermosas como me sea posible. Nos queda una por elegir. ¿No le gustarÃa uno de esos magnÃficos rubens… las bodas de Marie de Médicis? MÃrelo, vea qué hermoso es.
—Ah, sÃ, ése me gustarÃa —dijo Newman—. Con él ya son seis.
—Con él ya son seis… ¡muy bien! —se rio. Siguió sentada un momento, mirándole, y de pronto se levantó y se irguió frente a él con las manos entrelazadas por delante—. No le comprendo —dijo con una sonrisa—. No comprendo cómo un hombre puede ser tan ignorante.
—Ah, soy ignorante, cierto —dijo Newman a la vez que se metÃa las manos en los bolsillos.
—¡Es ridÃculo! Yo no sé pintar.
—¿No sabe?
—Pinto como un gato; no soy capaz de dibujar ni una lÃnea recta. No habÃa vendido ni un solo cuadro hasta que usted me compró aquella cosa el otro dÃa —y mientras ofrecÃa esta sorprendente información seguÃa sonriendo.
Newman prorrumpió en una carcajada.