La Copa Dorada
La Copa Dorada Era graciosa la manera en que el PrÃncipe decÃa estas cosas, y con ello daba lugar a que ella se sintiera todavÃa más atraÃda por él. Palabras como ésas le proporcionaban a Charlotte una visión general o, mejor dicho, una visión especial. A pesar de esto, habló en tono de leve desesperación:
—¿Y qué me protegerá a m�
—En lo que a mà me concierne, yo.
Después de una pausa, el PrÃncipe siguió hablando, ahora en tono perfectamente amable:
—Por lo menos sabe que nada tiene que temer de mÃ. Todo lo que usted acceda a aceptar de mÃ…
Pero dejó inacabada la frase; Charlotte dijo:
—¿Qué?
—Será perfecto.
Inmediatamente, Charlotte observó:
—Me parece muy bien. Pero, al mismo tiempo, me parece inútil, pues usted habla de la posibilidad de que yo acepte sus cosas, en tanto que se niega a aceptar lo que yo pueda ofrecerle.
Pero incluso a estas palabras supo el PrÃncipe contestar:
—Impone usted una condición imposible: a saber, que yo mantenga en secreto el obsequio ofrecido por usted.