La Copa Dorada
La Copa Dorada Charlotte, en presencia del Príncipe, ponderó allí su condición y, luego, bruscamente, hizo un gesto de renuncia. Meneó la cabeza con expresión de desencanto al pensar en lo mucho que le había gustado la idea. Ahora se planteaban demasiadas dificultades. Entonces dijo:
—Mi condición… Bueno, no sigo imponiéndola. Puede usted subirse a las azoteas y gritar a los cuatro vientos todo lo que yo haga.
—¡Ah, bueno…!
El Príncipe había pronunciado estas palabras riendo, y con ellas venía a decir que, si así era el asunto, carecía de importancia. Pero era ya demasiado tarde. Charlotte dijo:
—Ahora ya todo da igual. Me hubiera gustado regalarle la copa. Pero si no la quiere, ya nada puedo ofrecerle.
El Príncipe meditó estas palabras, y, mientras tanto, su rostro volvió a adquirir una expresión grave. Al cabo de unos instantes, advirtió:
—Sin embargo, tengo la seguridad de que algún día tendré deseos de ofrecerle algo.
Ella le miró interrogativamente:
—¿Qué día?
—El día en que usted se case. Sí, porque se casará. Debe casarse.