La Copa Dorada
La Copa Dorada Ni siquiera estas palabras le sobresaltaron, por la costumbre que tenía de aceptar todo, absolutamente todo lo que procediera de Maggie, como armonioso. Sin embargo, también cabía advertir, por manifestarlo en toda su persona, que resistirse no podía ser su actitud natural o adquirida por obra y gracia de la costumbre. Las apariencias del señor Verver daban testimonio de que quizá tuviera que resistir largo tiempo, un tiempo relativamente largo habida cuenta de que era hombre harto asediado. Estas apariencias en modo alguno traían a la mente la idea de pocas facultades y rudeza de los sentidos, a pesar de que el señor Verver era hombre menudo, flaco, con aspecto algo rancio y carente de la general prerrogativa de la buena presencia. No sería por la masa, el peso o la vulgar cantidad física por lo que el señor Verver insistiría, resistiría o prevalecería en el futuro, como tampoco lo había hecho en el pasado. En él había algo que transformaba su posición en todas las ocasiones, que llevaba su relación social o de grupo en escena al fondo del escenario, había en él una casi visible carencia consciente de afinidad con las candilejas. Lo que menos le hubiera gustado ser era director de escena o el autor de la obra, porque se encuentra siempre en primer término. En el mejor de los casos, hubiera sido el hombre que financia el espectáculo, el que vigila sus intereses entre bambalinas, aun cuando confesara su ignorancia en lo tocante al arte escénico. Sólo un poco más alto que su hija, jamás se amparaba en los derechos de su presunta superior corpulencia. Ya en su juventud había perdido gran parte de su cabello crespo y rizado, que encontraba su réplica en una barbita recortada, tan recortada que apenas cabía calificar de barba completa, que llevaba a modo de detalle personal para suplir la falta de uno característico en los labios, las mejillas o el mentón. Su cara descolorida y de limpios trazos estaba dotada de los rasgos meramente indispensables, sugería inmediatamente, a efectos de calificarla, la palabra «clara» y, dentro de esta calificación, traía a la mente la idea de un cuarto pequeño y decente, bien barrido, sin el engorro de mobiliario y con la ventaja, como ahora podía advertirse, de la perspectiva que se divisaba desde sus dos amplias ventanas sin cortinas. Los ojos de Adam Verver causaban la impresión de dar entrada por igual a la mañana y a la noche, en insólitas magnitudes, lo cual confería a la modesta zona de aquel cuarto una proyección externa «grande», incluso cuando sólo había estrellas en el exterior. Aquellos ojos eran profundamente azules, de un azul siempre cambiante, y, a pesar de no ser románticos, resultaban juveniles y casi extrañamente bellos, dotados de una ambigüedad que impedía a uno saber a ciencia cierta si lo que expresaban principalmente era la visión de su poseedor o si se abrían a la visión externa. Fuera lo que fuese lo que uno pensara, aquellos ojos infundían carácter a la cara, de manera que, se encontrara uno donde se encontrara jamás quedaba fuera de su alcance, y se movían en busca de comunidad o de oportunidad, y sin poder saber con certeza de qué se trataba, por cuanto el objeto tanto podía estar ante ellos como detrás de ellos. Para no extendernos excesivamente, diremos que los otros rasgos de su persona también eran en todo atenuados; su característica menos acallada radicaba en su atuendo, adoptado de una vez para siempre, con cierta especie de criterio revelador de algo parecido a los escrúpulos suntuarios. Todos los días del año, fuera cual fuese la ocasión, el señor Verver llevaba una chaqueta negra, de chaqué, corta, a la moda de sus tiempos juveniles, pantalones de fresco aspecto, a cuadros blancos y negros, con cuyas prendas estimaba invariablemente el señor Verver que armonizaba una corbata de seda azul. Sobre su abultado estómago, con rara indiferencia a climas y estaciones, llevaba un chaleco blanco cruzado.