La Copa Dorada

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—Creo que el hecho de que usted diga estas cosas es causa de que me guste todavía más.

Después de una pausa, añadió:

—Del hecho de que usted me guste debiera usted misma sacar consecuencias provechosas.

—Ya lo hago. Las saco todas. Pero ¿está usted seguro de haber utilizado todos los restantes medios?

Realmente estas palabras dejaron al señor Verver con la mirada un tanto desorbitada:

—¿A qué otros medios se refiere?

—Usted tiene muchos más medios para ser amable que cualquier persona que yo haya conocido en mi vida.

—En ese caso, estime que pongo todos mis medios a su disposición.

Charlotte le miró largamente, como si con ello quisiera hacer lo preciso para que el señor Verver no pudiera decir que no le había dado tiempo o que Charlotte había retirado de su vista una sola pulgada de su apariencia. Ésta, por lo menos, estaba plenamente visible. La figura de Charlotte parecía representar un ser extrañamente consciente, lo cual afectaba al señor Verver, aunque en un sentido que difícilmente podía determinar, pero del que sí sabía que suscitaba en él, en líneas generales, el sentimiento de la admiración. El señor Verver dijo:

—Está usted dotada de una honradez absolutamente impecable.


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