La Copa Dorada
La Copa Dorada El Príncipe pudo proseguir su parlamento sin dificultad, ya que Fanny Assingham no le interrumpió. Ahora Fanny se daba cuenta de que por nada del mundo interrumpiría al Príncipe. Su elocuencia tenía un valor inmenso; no había ni una sola gota de ella que Fanny, de una manera u otra, no atrapase en el momento mismo de saltar de la fuente y la embotellara a fin de guardarla para el futuro. El frasco de cristal de la más profunda atención de Fanny Assingham recibía aquella elocuencia allí, en la misma fuente, y Fanny ya imaginaba la manera en que, en el cómodo laboratorio de su meditación, la analizaría químicamente. Y más aún, había momentos en los que, al encontrarse las miradas de los dos interlocutores, Fanny percibía en el Príncipe algo inenarrable, algo extraño y sutil que discrepaba de sus palabras, que las traicionaba, algo reluciente y muy profundo que era como una llamada, una increíble llamada dirigida a su más refinada comprensión. ¿Qué podía ser aquello? ¿No se trataba acaso, aunque fuera burda esa manera de expresar algo tan oculto, de la quintaesencia de un guiño de connivencia, de la insinuación de la posibilidad de que algún día realmente trataran los dos aquel tema —en mejores condiciones, desde luego—, con lo que resultaría mucho más interesante? Si aquella lejana chispa roja, que a la imaginación de Fanny bien hubiera podido parecerle la linterna delantera de un tren que se acercaba a ella desde el otro extremo del túnel, desde el punto de vista de Fanny, no era un ignis fatuus, un mero fenómeno subjetivo, forzosamente tenía que ser el Príncipe quien la mantuviera allí invitando con ella a Fanny a comprender. Sin embargo, de momento, y de una forma inconfundible, se produjo el instante en que se dio al tema comentado un tratamiento real, auténtico. Este instante se produjo cuando el Príncipe, con el mismo perfecto dominio de su pensamiento, que ni siquiera él hubiera podido mejorar, procedió a coronar su bien lograda comparación con otro símil que en realidad fue la pincelada suprema, la pincelada que el cuadro había estado esperando hasta ese momento: