La Copa Dorada
La Copa Dorada Maggie habÃa dicho lo que pensaba matizando las palabras, expresándose bien, y lo hizo sin dificultad, porque todas y cada una de sus palabras reflejaban una larga evolución de los sentimientos, por cuanto era lo que plenamente sentÃa. Maggie habÃa pintado el cuadro y habÃa obligado al PrÃncipe a comprenderlo, lo habÃa colgado ante su vista, recordándole felizmente que el PrÃncipe habÃa llegado cierto dÃa con el apoyo del Principino al punto de proponer, en Eaton Square, ir al parque zoológico para llevar con él, impelido por tan placentera inspiración, tanto al mayor como al menor de sus compañeros, diciendo al segundo de ellos que iban a presentar al abuelito, un abuelito nervioso y un tanto propicio a estropear la diversión, a los leones y a los tigres que se hallaban allà más o menos en libertad. De esta manera, Maggie dejó caer gota a gota en el silencio de su marido la verdad acerca de su bondadoso carácter y sus buenos modales, y fue precisamente esta demostración de las virtudes del PrÃncipe lo que aumentó la extrañeza, incluso para la propia Maggie, de que no cediera ante el PrÃncipe. Era solamente la cuestión del acto más trivial de rendición, de la vibración de un nervio, del movimiento de un músculo, pero este acto adquirió importancia para los dos debido a que ella no hacÃa nada salvo hablar en aquel mismo tono que de una manera natural tendrÃa que haberla arrastrado a la ternura. Maggie se percataba más y más, y cada minuto que pasaba se lo demostraba, de que el PrÃncipe con sólo un toque correcto podÃa hacer que ella dejara de estar en guardia, con sólo un toque correcto que se hallaba a millones de millas de distancia de la actual anomalÃa, tan insatisfactoria, y que consistirÃa en que el PrÃncipe con benévola clarividencia le dijera una definitiva y feliz informalidad. «Vente conmigo a cualquier sitio. Tú. Ven conmigo y no necesitaremos pensar en nada ni en nadie. Ni siquiera será preciso que hablemos.» Palabras tan breves como éstas habrÃan bastado para satisfacer a Maggie, para quebrantar totalmente su resistencia. Pero éstas eran las únicas palabras que podÃan servir a este fin. Maggie las esperaba, y hubo un instante supremo en que, por las pruebas del resto de la persona del PrÃncipe, tuvo la impresión de sentirlas en el corazón y en los labios de su marido, pero las palabras no sonaron, y como sea que esto le indujo a esperar más, también la indujo a estar más en guardia. A su vez, esto hizo ver a Maggie que también el PrÃncipe esperaba y estaba en guardia, asà como lo mucho que él habÃa esperado algo que ahora sabÃa que no iba a llegar. No, no llegarÃa si el PrÃncipe no correspondÃa a Maggie, si se limitaba a decir palabras erróneas, en vez de decir las palabras debidas. Si él pudiera decir lo que debÃa decir, todo llegarÃa; y ahora, el que todo cristalizara para la recuperación de su felicidad al impulso de un solo toque del PrÃncipe pendÃa de un delgado hilo. Sin embargo, esta posibilidad pareció brillar para Maggie durante cincuenta segundos y luego se enfrió; al hundirse, alejándose de ella, sintió el escalofrÃo de la realidad, y estando casi oprimida contra el corazón de su esposo y sintiendo su aliento en la mejilla, volvió a tener conciencia del sutil rigor de su actitud, un rigor muy superior al de su natural manera de ser. Por fin, los dos tuvieron silencios que casi fueron rudas expresiones de su recÃproca resistencia, silencios que persistieron a través de los notables intentos del PrÃncipe de tratar aquella recordación, a la que Maggie se habÃa entregado, del papel que el PrÃncipe habÃa interpretado últimamente, de comprender toda la dulzura de las palabras que Maggie le habÃa dirigido, como si fuera una manera de hacerle el amor. Para ella no era esto, ni mucho menos. ¡Si de hacer el amor al PrÃncipe se hubiese tratado, Maggie podrÃa hacerlo mucho mejor! Ahora se le ocurrió decir, con referencia a aquello de que habÃa estado hablando: