La Copa Dorada
La Copa Dorada Con cierto aire filosófico, el señor Verver repuso:
—Sí, recuerdo las sensaciones que, por lo general, teníamos.
Maggie causó la impresión de desear defender un poco aquellas sensaciones, recordando tiernamente el pasado:
—Era muy duro vivir sin afectos en el corazón, cuando realmente teníamos una posición social. Pero resultaba todavía peor que nos creyéramos sublimes, cuando, tal como temía y tal como incluso ahora temo, no había un sentimiento que diera apoyo a semejante creencia.
Y Maggie volvió a dar muestras de aquellas ansias que ahora consideraba superadas. Y por estas ansias que sin duda seguían siendo el peligro que a menudo la acechaba, siguió hablando en tono casi sentencioso:
—En todo caso, es preciso siempre prestar atención al estado anímico de los demás, a lo que quizá echen en falta, a aquello de lo que quizá se sientan privados.
Después de una pausa, añadió:
—Sin embargo, Kitty y Dotty no podían imaginar que nosotros nos sintiéramos privados de algo. Y ahora, ahora…