La Copa Dorada
La Copa Dorada Pero Maggie interrumpió la frase como si quisiera expresar su benevolencia hacia el pasmo y la envidia de las dos jóvenes. Maggie pronunció la frase completa:
—Y ahora ven, con mayor claridad todavía, que es posible que lo tengamos todo y lo conservemos todo, sin ser orgullosos.
Al cabo de unos instantes, Maggie prosiguió:
—No, no somos orgullosos, incluso pienso que quizá seamos menos orgullosos de lo que debiéramos ser.
Pero en el mismo instante Maggie pasó a otro tema. Aunque sólo pudo hacerlo volviendo a hablar de lo ya hablado, como si le fascinara. Causó la impresión de desear, inducida por esa renovada y ahora todavía más sugerente idea, conservar a su padre junto a ella, a fin de remontar la corriente del tiempo y hundirse, en la suavidad del agua, en el contraído lago del pasado:
—Hablábamos de esto, sí, hablábamos, y tú no lo recuerdas tan bien como yo. Tú también dudabas, y era bonito que dudases. Al igual que Kitty y Dotty, también tú creías que teníamos una posición; quedaste sorprendido cuando yo dije que creía que debíamos decirles que no estábamos haciendo en su beneficio lo que ellas suponían.
Maggie calló unos instantes y siguió:
—En realidad, ni siquiera ahora lo estamos haciendo. Realmente, no las estamos introduciendo. No, no las presentamos a las personas que debiéramos.