La Copa Dorada
La Copa Dorada —En este caso, ¿cómo juzgas a las personas con quien ahora están tomando el té?
Estas palabras motivaron que Maggie repusiera muy vivamente:
—¡Exactamente esto mismo me preguntaste la otra vez, un dÃa en que tenÃamos a no sé quién en casa! Y te contesté que jamás juzgaba a nadie.
—Recuerdo que las personas a las que de tan buen grado dimos la bienvenida no «contaban». A Fanny Assingham le constaba que asà era.
Su hija habÃa despertado el eco, y allà en el banco, al igual que en la anterior ocasión, el señor Verver efectuó afirmativos movimientos con la cabeza, y meneó nerviosamente un pie. Dijo:
—SÃ, sÃ, la gente que tenÃamos en casa sólo tenÃa categorÃa suficiente para nosotros. Recuerdo muy bien que era asÃ.
Maggie asintió:
—Asà fue, asà fue.
Luego añadió:
—Y me preguntaste si, a mi juicio, no debÃamos decÃrselo. Quiero decir, principalmente a la señora Rance, que la habÃamos invitado engañándola.
—Exactamente, pero tú dijiste que la señora Rance no lo comprenderÃa.
—A lo que tú contestaste que, en este caso, tú eras igual que ella. Tú no lo comprendÃas.