La Copa Dorada
La Copa Dorada —No, no… Pero recuerdo que cuando, en tu bendita inocencia, dijiste que carecÃamos de posición, diste una explicación que me hizo cisco. Dando muestras de deleite, Maggie dijo:
—Pues ahora te volveré a hacer cisco. Te dije que tú, por ti mismo, tenÃas una posición sin la menor duda. Tú no eras como yo; tenÃas la posición que siempre habÃas tenido.
Mostrándose de acuerdo, el señor Verver recordó:
—Y entonces te pregunté por qué tú no tenÃas mi posición. —Efectivamente.
Con sus anteriores palabras, el señor Verver habÃa conseguido que su hija orientara el rostro hacia él, y en esta postura siguió Maggie envolviéndole con su cálido esplendor, efecto de la comprobada verdad de que los dos, al hablar, podÃan volver a vivir juntos. Maggie dijo: