La Copa Dorada
La Copa Dorada Pero el señor Verver pronunció estas palabras colocándolas en una relación tan explícitamente jocosa con las posibilidades de ser defraudado que incluso cuando, después, llevado por la impaciencia, salió al balcón, Maggie se preguntó durante breves segundos, si la realidad, en el caso de que acudiera al lado de su padre, en el balcón, la alcanzaría o se enfrentaría con ella, allí. Siguió a su padre en cumplimiento de una obligación ya que su padre casi la había invitado, al salir a aquel lugar de temporal aislamiento, a dar a los otros dos aquella oportunidad que Maggie y su marido habían comentado en tan fantásticos términos. Entonces, estando Maggie al lado de su padre, contemplando desde lo alto la gran plaza silenciosa, despejada y, ahora, casi pintoresca, con el extraño, triste, «antiguo», aspecto que adquieren las desérticas calles de Londres en los atardeceres a fines de verano, comprendió una vez más cuán imposible era que aquellos dos sostuvieran semejante conversación, ya que quedarían despedazados, sólo con que tolerasen que sus reprimidas relaciones se manifestaran en una expresión de los ojos. Hubiera sido preciso tener más en cuenta este peligro si el instinto de cada uno de los cuatro —y Maggie podía confiar en el suyo, por lo menos— no hubiera actuado de tan eficaz manera para realzar otras evidentes relaciones entre ellos, relaciones que les permitían comportarse con franqueza.