La edad ingrata
La edad ingrata La pequeña Aggie miró en derredor con una cortesÃa imparcial que, a guisa de sÃmbolo de la imprecisa sensación colectiva de que ella estaba, a todos los efectos, en manos de personas que gozaban del pleno arbitrio de mancillarla o respetarla a voluntad, fue lo bastante conmovedora como para haber hecho brotar lágrimas de cualesquiera ojos. Quizá ello tuvo algo que ver con la inopinada emoción con que —utilizando ahora unas maneras asaz distintas— la señora Brookenham volvió a abrazarla e incluso con las palabras parejamente abruptas y enteramente magnÃficas que le dirigió: