La edad ingrata

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—Sí soy del parecer —dijo la duquesa—, y por muy precisos motivos. Elle se les passe… ¡son de campeonato sus pequeñas intrigas! Es todo un caso, la pobre. Y todo con… ¿cómo denominarlo?… con esa ausencia de torturantes remordimientos típica de una buena ama de casa que logra que cuadren las cuentas familiares. Ofrece la pinta (y por eso la adoran aquí cuando se dicen unos a otros: «¡Fíjate en ella!») de una santa inflamada de cólera; pero ni es una santa ni, para hacerle entera justicia, está inflamada de ninguna cólera. Sí tiene el suficiente seso para darse cuenta de que algún día podría serle de utilidad que su marido haya dado, también él, un paso en falso; y, secretamente, no se siente sino complacidísima de estar segura de con quién. Así y todo, debo decirle a usted —agregó la duquesa con un estilo aún más afilado— que nuestra amiguita Nanda es de la opinión (que creo está absolutamente dispuesta a defender) de que Lady Fanny se mueve bajo los efectos de una falsa impresión.

El pobre Mitchy se quedó mirando pasmado:

—Pero ¿qué pinta en todo esto nuestra amiguita Nanda?



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