La edad ingrata
La edad ingrata Él habÃa apelado a todos sus acompañantes imparcialmente, pero el señor Longdon, cuya atención estaba ahora enteramente consagrada a su anfitriona, pareció no apercibirse:
—Si todos observáis expectantes, ¿tu idea es que yo deba observar con vosotros?
Esta pregunta, en sus labios, fue una ráfaga de aire frÃo, la conciencia de lo cual movió patentemente a la señora Brook a formular su invitación sobre una base más segura:
—Naturalmente no me refiero al riesgo de que le suceda algo a la querida chiquilla… a quien está claro que nada puede sucederle excepto que su tÃa la case expeditivamente en el más breve plazo posible y en las mejores condiciones posibles. No, el interés está, mucho más, en el rumbo que siga la propia duquesa.
—Oh, la duquesa navega en un barco —convino plenamente el señor Cashmore— que precisará ser gobernado con mano firme.
No serÃa propio del biógrafo del señor Longdon pasar por alto el hecho de que si bien éste no se sintió anormalmente desconcertado, de todos modos sà se sintió visiblemente interesado:
—¿En qué barco navega?