La edad ingrata
La edad ingrata Le habÃa dirigido esta curiosidad, con educación, al señor Cashmore, pero todos quedaron arrobados ante la maravillosa manera en que la señora Brook consiguió sonreÃr muy sombrÃa, muy tenebrosamente y a la vez hacer que ello los subyugara a todos:
—Creo que deberÃas explicárselo tú, Van.
—¡Dios no lo permita! —Y Vanderbank volvió a alejarse.
—Yo se lo explicaré con mucho gusto… si es que me otorgas la venia —dijo el señor Cashmore, para quien manifiestamente cualquier escrúpulo se referÃa no al tema de la explicación, sino a la presencia de una dama.
—No te otorgo la venia, y te ruego que cierres el pico —contestó la señora Brookenham—. ¡Tratas asuntos asà con tal minuciosidad!… En resumidas cuentas —le espetó al señor Longdon—, el señor Cashmore serÃa capaz de contarle a usted mucho más de lo que está usted interesado en saber. Es cierto que la duquesa navega en un barco… pero es una experta marinera. Basta, como dirÃa ella. ¿Conoce usted a Mitchy? —preguntó inopinadamente la señora Brook.
—Oh, ya lo creo que conoce a Mitchy. —Vanderbank habÃa vuelto a acercarse.