La edad ingrata
La edad ingrata —En ese caso haz que él se lo explique. —Ella le presentó esta petición al joven a modo de encantador viraje para todos ellos—. Mitchy puede ser exquisito cuando se lo propone.
—¡Oh, cielos… cuando Mitchy «se propone» algo! —exclamó Vanderbank riendo—. Creo preferible, a ese fin, que Mitchy converse con el señor Longdon abandonándose a sus ingénitos impulsos espontáneos.
—Yo aprecio al señor Mitchett —dijo el anciano, procurando mirar a su anfitriona directamente a los ojos y hablando un poco como para desafiarla a imputarle, incluso desde el punto de vista de Beccles, una equivocación.
La señora Brookenham aceptó aquello con brillante emoción pletórica:
—¡Mi querido amigo, vous me rendez la vie! ¡Si puede tolerar a Mitchy, entonces puede tolerar a cualquiera de nosotros!
—¡Ya lo creo, palabra de honor! —comentó el señor Cashmore con vehemencia—. ¿A qué diantres te refieres —demandó de la señora Brook— diciendo que yo soy más «minucioso» que él?
Ella volvió su belleza un momento hacia este visitante: