La edad ingrata

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—Yo no digo que tú seas más minucioso: digo que él es más brillante. Además, como ya te aclaré antes, tú no eres uno de nosotros. —Dicho lo cual, para poner punto final a la polémica, continuó informando al señor Longdon sin hacer una pausa—: El quid de la retrógrada educación de Aggie es la maravillosa sinceridad con que la duquesa sostiene que la hija propia puede ser perfecta y permanentemente resguardada sin por ello (pues a esto va a parar) privarse una misma…

—Y bien, ¿de qué? —requirió corajudamente el señor Longdon mientras su anfitriona parecía titubear meditativamente.

Ella apeló mudamente a Vanderbank, en quien este gesto suscitó una carcajada:

—¡Te desafío —exclamó él— a especificarlo!

—¡Pero no me desafías a mí! —exclamó el señor Cashmore como quiera que la señora Brook se abstuviera de recoger el desafío—. Si conoce usted a Mitchy —prosiguió para el señor Longdon—, debe de conocer también a Petherton.

El anciano permaneció desorientado y nada imperceptiblemente gélido:

—¿Petherton?

—El hermano de mi esposa… al cual, Dios sabe por qué, Mitchy mantiene.


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