La edad ingrata

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—¿Mantiene? —volvió a hacer de eco el señor Longdon.

Otra vez la señora Brook apeló a Vanderbank:

—Creo que no deberíamos atosigarlo. A usted tal vez yo no le recuerde a mamá —continuó para su anciano compañero—, pero espero no molestarlo si digo cuánto me la recuerda usted a mí. Al fin y al cabo, las explicaciones hacen perder la gracia a las cosas, y si usted puede hallamos interesantes y a veces viene a vemos, lo contemplará todo en su salsa. Usted verá, usted sentirá por sí mismo.

El señor Longdon permaneció ante ella pero elevó hacia Vanderbank, cuando ella hubo finalizado, la mirada que había fijado en la alfombra mientras ella hablaba:

—Entonces, ¿debo marcharme ya? —Las explicaciones, había dicho ella, hacían perder la gracia a las cosas, pero en este instante él fue como un extranjero en una corte oriental, cómicamente desvalido sin su intérprete.

—Si la señora Brook desea no «atosigarlo» a usted —respondió gentilmente Vanderbank—, lo cierto es que tal vez la forma más segura de lograrlo sea sacarlo de aquí. Pero ¿no teníamos la esperanza de que se presentase Nanda?


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