La edad ingrata

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—¿Nos resultaría provechoso quedamos a aguardarla? —Siguió siendo a su joven amigo a quien el señor Longdon consultó.

—¡Ah, en cuanto ella sale de parranda…! —suspiró la señora Brookenham—. A menos que la voilà —dijo cuando se oyó una mano en el picaporte. Se trató únicamente, empero, de un lacayo que entró con una bandejita que, al acercarse a su señora, ofreció a la vista el sobre marrón de un telegrama. De inmediato ella solicitó que la dispensasen a fin de abrir esta misiva, tras la rápida lectura de la cual volvió a alzar la vista hacia todos ellos—: Es ella: la hija moderna. «Tishy me invita cenar y ópera; llevo atavío adecuado; retomo indeterminado; por si acaso, llevo llaves casa». ¡No volverá a casa hasta mañana por la mañana! —dijo la señora Brook.

—¡Pero recuerda el consuelo de que lleva las llaves de casa! —exclamó riendo Vanderbank—. Podría ir usted también a la ópera —le dijo al señor Longdon.

—¡Que me aspen si yo no voy! —dijo el señor Cashmore.

A causa del mensaje de Nanda el señor Longdon parecía haber recibido una oscura conmoción; en todo caso acogió con visible intensidad la sugerencia de su joven amigo:

—¿Me acompañará usted?


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