La edad ingrata
La edad ingrata —Has de recordar que tenemos un buen montón de cosas en que pensar. Hay cosas que debemos dar por supuestas unos en otros: todos debemos ayudar, a nuestro modo, a empujar la carroza. Eso es lo que entiendo por la inquietud, y si tú no experimentas ninguna, tanto mejor para ti. Pues yo la experimento a todas horas del dÃa. Por estas fechas tu padre y yo siempre tenemos una increÃble cantidad de cosas en que pensar, como sabes perfectamente: hemos de hacer malabarismos para arreglárnoslas de un modo u otro para irnos de vacaciones, hemos de escatimar y economizar, para cubrir todas nuestras necesidades, con dinero, dinero, dinero, que todo el rato se nos escurre entre los dedos como si fuese agua. Este verano los niños no parecen hallar acomodo en ninguna actividad, en ningún sitio; y Harold está más odioso que nunca: no sabe hacer nada solo y exige que los demás se lo hagan todo. Él habla de su novia norteamericana, forrada de millones, que está chaladita por él, pero yo no he visto ni rastro de ella; la única, en este momento, de quien la gente parece haber oÃdo hablar es la que está prometida con Booby Manger. Literalmente los Manger lo acaparan todo —continuó ahora la señora Brook gemebundamente—: ese judÃo tan mastodónticamente rico (¿cómo se llama?… el barón Schack o Schmack) que acaba de alquilar Cumberland House y que tartamudea lamentablemente (¿qué le pasaba?… carece del paladar) va a pagarle cuatrocientas al año, por servirle de portavoz en las conversaciones, al tarambana del pequeño Algie; es un empleo que Harold me habÃa asegurado que, de toda la avalancha de jóvenes solicitantes (¡docenas!), él era quien tenÃa más posibilidades de conseguirlo. El mal humor permanente de tu padre es terrible, y soy yo quien tiene que soportar sus peores accesos; este año no vamos a cobrar literalmente nada por la Casucha, y sin embargo vamos a tener que gastamos en ella Dios sabe cuánto; y todo el mundo nos ha invitado, durante los próximos tres meses, a Escocia y a todas partes, para una fecha inoportuna y nadie para una oportuna; asà es que te aseguro que no sé en qué refugiarme… lo cual no impide que, encima, todo el mundo me venga con sus propios problemas egoÃstas. —Era como si la señora Brook hubiera visto el cáliz de sus ocultos pesares súbitamente zarandeado por un empujón cuya perversidad, si bien no completamente percibida en un principio, habÃa resultado ser, en cuanto ella se habÃa dejado arrastrar mÃnimamente por sus emociones, suficiente para hacerlo derramarse; pero ella se hizo, acto seguido, contemplando la calma de su hija, una reflexión sobre la inutilidad de tamaño acaloramiento y velozmente se recobró como a fin de recalcar la lección con mayor dignidad—: Soy capaz de soportar mi carga y lo haré hasta las últimas consecuencias; pero todos hemos de recordar que nos haremos añicos si no nos las apañamos para conservar una mÃnima idea de lo que es la responsabilidad. Desde luego yo no puedo organizarme sin saber cuándo vas a visitarlo.