La edad ingrata

La edad ingrata

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—¿Al señor Longdon? Oh, cuando yo quiera —respondió Nanda con gran respeto e inocencia.

—Y ¿cuándo tendrás la bondad de querer?

—Bueno, él se va allí el sábado, conque si lo deseo puedo ir unos días después.

—Y ¿qué día puedes ir si lo deseo yo? —La señora Brook habló como con una pequeña brusquedad (suficientemente suavizada a tiempo) ocasionada por la visión de una libertad por parte de su hija que súbitamente se le perfiló mucho más grandiosa que cualquier libertad que ella misma disfrutara. Ello siguió siendo parte de la inestabilidad del recipiente de sus aflicciones; pero al fin y a la postre ella nunca permanecía demasiado tiempo sujeta públicamente a ese influjo que a menudo designaba abarcadoramente, ante los demás no menos que ante sí misma, como «la grosería»—. Lo que quiero decir es que podrías ir el mismo día, ¿no?

—¿Con él? ¿En el tren? Creo que sí, si ése es tu deseo.

—Pero ¿será ése su deseo? Quiero decir, ¿el señor Longdon sentiría aversión hacia ello?

—Creo que ni por asomo, pero fácilmente puedo preguntárselo.

La cabeza de la señora Brook se ladeó hacia la chimenea y sus ojos hacia la ventana:

—¿Fácilmente?


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