La edad ingrata

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Durante unos momentos Nanda pareció desconcertada por la insistencia de su madre.

—En todo caso puedo intentarlo sin mayor problema —declaró.

—¿Incluso recordando que mamá jamás se habría mostrado tan atosigante?

El rostro de Nanda pareció aceptar incluso ese condicionamiento.

—Bueno —contestó la muchacha serenamente en definitiva—, en verdad yo creo que somos lo bastante buenos amigos para cualquier cosa.

Aquello habría podido ser, dado el interés que rápidamente ocasionó, exactamente lo que su madre había estado afanándose por hacerla decir:

—¿Cómo describirías eso entonces, me gustaría a mí saber, sino como tu adopción por parte de él?

—Oh, no creo que importe mucho cómo se describa.

—¿Con tal que implique, quieres decir —preguntó la señora Brook—, todos los privilegios?

—Bueno, sí —dijo Nanda, que ahora había comenzado a sonreír tenuemente—, llámalos privilegios.

La señora Brook hizo una pausa; luego dijo:

—Servidora estaría muy dispuesta a llamarlos así si supiera de un modo un poco más concreto en qué van a consistir exactamente.


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