La edad ingrata

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—Ah, el gran privilegio, desde mi punto de vista, es hacer algo por él.

Ante esto, la otra vaciló nuevamente:

—Pero ¿acaso eso, querida, no confiere unas características más bien chocantes a la exuberancia de tu entrega a él? La caridad bien entendida, cielo, empieza por una misma, y si es cuestión de meramente dar, tienes bastantes destinatarios para tu prodigalidad sin necesidad de marcharte tan lejos.

La muchacha, tal como lo patentizó su mirada de pasmo, quedó paralizada un momento por la sorpresa, la cual enseguida halló expresión verbal:

—¡Caramba, yo creía que deseabas que fuera simpática con él!

—Pues bien, espero que no me consideres excesivamente vulgar —dijo la señora Brook— si te digo que lo que deseo todavía más es que hagas algún cálculo sobre lo que te reportará ello. No quiero —agregó— proseguir dándote la tabarra a propósito de Mitchy…

—¡No, por favor! —suplicó Nanda.

Su madre se calló bruscamente, como si en aquel tono hubiese habido algo que vetaba la cuestión tanto más drásticamente por haber sido espontáneo. No obstante, la pobre señora Brook fue incapaz de dejar así las cosas:

—Pues entonces, ¿qué recibirás a cambio?


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