La edad ingrata

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—¿A cambio de Mitchy? Oh —dijo Nanda—, nunca me casaré.

Ante esto la señora Brook se apartó de ella, dirigiéndose hasta la ventana con avivado hastío. Por su parte, Nanda, como si la charla hubiese concluido, se llegó hasta el sofá para coger su sombrilla antes de irse de la habitación, deseo más bien fortalecido que debilitado por la aparición de su hermano Harold, quien entró en el momento en que sus dos parientas estaban de espaldas a la puerta y obsequió a su hermana, cuando ésta lo encaró, con un saludo que hizo darse la vuelta a su madre:

—¡Vaya, Nan, estás preciosa! ¿A que está preciosa, mamá?

—¡No! —respondió la señora Brook sin, empero, prestarle mayor atención a él. En este instante su desesperación interior estaba concentrada toda en su hija—: Pues entonces tu padre y yo ya consideraremos si él debe cargar con las consecuencias.

Nanda ya tenía la mano en la puerta mientras que Harold se había dejado caer en el sofá.

—¿«Él»? —se limitó a musitar la muchacha.

—Me refiero al señor Longdon.

—Y ¿a qué te refieres con eso de las consecuencias?

—Pues a que por lo pronto hagas el favor de irte con él.


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