La edad ingrata
La edad ingrata Su marido, por el contrario, con las piernas estiradas, miraba derechamente hacia la punta de sus botas.
—¿Estás segurÃsima? —Después, al no obtener respuesta, insistió—: ¿Por qué iba ella a hacerlo, si él no le ha contado a ella…?
—…¿el modo en que, según yo te conté a ti hace ya mucho, él le habÃa planteado las cosas a Van? Entre ellos no han hablado sobre eso con palabras, no hay duda; pero me da en la nariz que, para comunicarse lo que sea, a ellos no les es tan necesario poner los puntos sobre las Ães, querido mÃo, como a nosotros. Sin que le hayan dicho una sola sÃlaba, Nanda es consciente, en cada fibra de su pequeño ser, de lo que ha estado aconteciendo.
Edward dedicó un lapso todavÃa más prolongado a asimilar aquello.
—¡Pobrecita! —exclamó.
—¿Te parece tan pobre —preguntó la señora Brook— con lo muchÃsimo que se ha conseguido para ella?
—Conseguido ¿por quién?
Fue como si no hubiera oÃdo la pregunta como ella tornó a hablar:
—Ella ha conseguido lo que toda mujer (joven o vieja) ansia.
—¿De veras?