La edad ingrata

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El tono de Edward fue de asombro, pero ella se limitó a seguir adelante:

—Tiene un hombre para ella sola.

—Ah, pero ¿y si no es el indicado?

—¿Te parece tan sumamente contraindicado el señor Longdon? ¡Ojalá —declaró ella con un insólito suspiro— yo hubiera tenido un señor Longdon!

—Ojalá lo hubieras tenido, ciertamente. Yo no me lo habría tomado como a Van.

—Oh, hacía falta Van —replicó la señora Brook— para llevarlos a ellos a donde están ahora.

—Pero ¿dónde están ellos ahora? Helo ahí precisamente. En estos tres meses, por ejemplo, ¿en qué le ha aprovechado su mutua relación? —demandó Edward.

La señora Brook le dio vueltas a aquello:

—Aprovechado ¿a quién?

—Caray, uno está más interesado por sus propios retoños.

—Te diré que ella se ha convertido para él en lo que más anhelábamos: un objeto de compasión aún más intensa.

—¿Es eso lo que anhelabas que ella fuese?

Obviamente la señora Brook era, a su propio modo de ver, tan clara que su reduplicada expresión de impaciencia se mostró llena de inquina:

—¿Cómo puedes preguntar eso después de haber visto lo que hice…?


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