La edad ingrata

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—¡Arrea!; claro que lo sabes —dijo riendo Mitchy—. ¡Ya me gustaría a mí ver que él… o incluso que tú…! —A ojos de un permanente espectador de estos episodios habría habido una singular similitud entre las maneras y todos los movimientos que habían seguido a la entrada de este visitante y aquellos que habían acompañado la acomodación de su predecesor. Depositó el sombrero, tal como había hecho Vanderbank, en tres lugares sucesivos y pareció tener el mismo número de opiniones contradictorias sobre la seguridad de su bastón y la retención de sus guantes en su mano. Pospuso la elección definitiva de un asiento y contempló los objetos en su derredor mientras hablaba de otras materias. De hecho finalmente tales objetos llegaron a impresionarlo de idéntica forma—: ¡Qué bonita has dejado tu habitación y vaya cantidad de objetos bellos posees!

—También eso fue precisamente lo que dijo el señor Van. Pareció admirarse muchísimo.

Pero a tenor de esto Mitchy llevó a cabo una nueva incursión en la extravagancia:

—Entonces ¿me es imposible hacer otra cosa que plagiarlo? He venido, ya sabes, a ser original.

—En tu caso sería original —repuso Nanda con presteza— asemejarte a él siquiera remotamente. Pero ¿no vendrás de vez en cuando —retrocedió en la conversación— para ver sólo a mamá? Tendrás sobradas oportunidades.


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