La edad ingrata
La edad ingrata Tras esto, las dos mujeres sostuvieron, tácitamente y desde lados opuestos de la habitación —la duquesa junto a la puerta, que un criado abrió antes de que ella pudiera hacerlo, y la señora Brookenham aún ante la mesa del té—, un último instante de comunión, a cuenta del cual esta vez la anfitriona no fue la primera en bajar los párpados.
—Creo haber hecho gala de elevados escrúpulos —dijo la duquesa—, pero en tal caso entiendo que quedo libre.
—Libre como el viento, querida Jane.
—Bien. —Entonces la invitada exclamó justo cuando se retiraba—: ¡Ah, queridÃsimo Edward! —Su pariente, como a ella le gustaba llamarlo, habÃa llegado a la cima de aquel tramo de escaleras, y la señora Brookenham, junto a la chimenea, los oyó encontrarse en el rellano; asimismo oyó protestar a la duquesa contra el ofrecimiento masculino de acompañarla hasta la puerta. Escuchándolos, la señora Brookenham deseó que Edward aceptara la protesta y considerase suficiente dejarla encomendada al lacayo. Su mutua conciencia, no desprovista de satisfacción, de que la duquesa era una especie de prima podÃa compaginarse perfectamente con la opinión, tempranamente forjada, de que era absurdo acarrear con excesivas molestias por causa de ella.