La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Evidentemente no me juzgaba bien equipado intelectualmente para la aventura. Me quedé una media hora, y él se comportó con gran amabilidad, pero no pude evitar que se me ocurriera pensar que era un hombre de humores veleidosos. En un arranque de generosidad me había hecho confidencias, en un arranque se había arrepentido, y otro arranque le llevaba ahora a mostrarse indiferente. Esta frivolidad general contribuyó a hacerme creer que, por lo que se refería al tema de su pista, no había mucho que buscar. Conseguí, sin embargo, hacerle contestar algunas preguntas más sobre ese asunto, aunque lo hizo con visible impaciencia. Para él, sin duda alguna, lo que nos dejaba tan atónitos a los demás era algo de una presencia muy intensa. Se trataba de algo, deduje, que se encontraba en el plano fundamental, algo parecido a esas complicadas figuras que hay en las alfombras persas. Cuando utilicé esta imagen la recibió con gran aprobación, y él utilizó otra:
—¡Es precisamente la hebra —dijo— en la que están enhebradas mis perlas!