La figura de la alfombra

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Hice lo posible por quedarme sentado muy quieto, pero no pude evitar el salto que di al ver en The Times, cuando ya llevaba una o dos semanas en Munich y antes, lo sabía, de la llegada de Corvick a Londres, el anuncio de la repentina muerte de la pobre señora Erme. Inmediatamente, pedí por carta detalles a Gwendolen, y ella me escribió que su madre había cedido a la antigua amenaza de fallo cardíaco. No dijo, pero yo me tomé la libertad de leerlo en sus palabras, que desde el punto de vista de su matrimonio y también de su impaciencia, que competía dignamente con la mía, ésta era una solución más rápida de lo que podía haberse esperado y más radical que esperar que la vieja dama tragase quina. Admito con toda inocencia que es cierto que en aquellos momentos —porque tuve noticias suyas muy a menudo— leí cosas bastante singulares en las palabras de Gwendolen, y cosas incluso más extraordinarias en sus silencios. Pluma en mano vuelvo a vivir aquella época, y hacerlo me devuelve el curioso sentimiento de haber sido, durante muchos meses y contra mi voluntad, víctima de una coerción que me limitaba a ser un simple espectador. Toda mi vida se había concentrado en mis ojos, que la sucesión de acontecimientos parecía haberse conjurado a mantener mirando. Hubo días en que pensé escribir a Hugh Vereker y entregarme simplemente a su caridad. Pero todavía era más fuerte el sentimiento que me impedía caer tan bajo. Por otro lado, él hubiera, adecuadamente, contestado que me ocupara de mis propios asuntos. La muerte de la señora Erme hizo que Corvick volviera directamente a casa, y al cabo de un mes ya se había unido «muy calladamente» —tan calladamente, me pareció deducir, como pensaba sacar a luz su hallazgo en el artículo— a la joven dama a la que había amado y abandonado. Utilizo este último término, podría añadir entre paréntesis, porque posteriormente llegué a estar seguro de que cuando él se fue a la India, en el momento de su gran noticia desde Bombay, no existía ningún compromiso entre ellos. No lo había cuando ella afirmaba ante mí lo contrario. Por otro lado era seguro que se prometió el día de su regreso. La feliz pareja bajó a Torquay para su luna de miel, y fue allí donde, en un momento de imprudencia se le ocurrió al pobre Corvick llevar a su novia a dar un paseo en coche. Era éste un terreno que no dominaba: yo lo supe mucho tiempo antes en el curso de una pequeña gira que hicimos juntos una vez en un dogcart. En un dogcart arriesgó a su compañera a traquetearse con él por las colinas de Devonshire, y fue en una de las más peligrosas donde tiró con fuerza, después ciertamente de que su caballo se desbocara, de las riendas, con tal violencia que los ocupantes del carruaje salieron despedidos hacia delante y él tuvo una horrible caída de cabeza. Murió allí mismo; Gwendolen escapó ilesa.


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