La figura de la alfombra

La figura de la alfombra

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Todo este asunto resultó ser el primero de una serie de fenómenos tan extrañamente entrelazados que, considerados globalmente —que es como tuve que considerarlos yo—, constituyeron una de las mejores ilustraciones que puedo recordar del modo en que, sin duda para el bien de su alma, trata a veces el destino la avidez de un hombre. Las consecuencias de estos incidentes fueron sin duda mucho más allá que el hecho relativamente poco importante que aquí nos ocupa, aunque para mí este hecho también merece ser tratado con cierto respeto. En cualquier caso confieso que es desde este último punto de vista que se me presenta actualmente el feo fruto de mi exilio/La verdad es que incluso al principio el ánimo con el que mi avidez, como la he llamado, me hizo contemplar ese período no debió ni un ápice de tranquilidad al hecho de que antes de regresar de Rapallo George Corvick me escribiera en unos términos con los que yo no estuve conforme. Su carta no produjo en absoluto los efectos sedantes que hoy día tengo que reconocer estoy seguro entraban en su intención, y el paso de los acontecimientos no siguió un orden capaz de darme lo que en ella faltaba. Corvick había empezado a redactar allí mismo, para su ulterior publicación en una revista trimestral, un artículo definitivo sobre los escritos de Vereker, y este estudio exhaustivo, el único válido, el único posible, debía encender la nueva luz, afirmar —¡tan calladamente, sí!— la verdad que nadie imaginaba. El artículo debía, por decirlo de otra manera, trazar en cada una de sus circunvoluciones la figura de la alfombra, reproducir cada uno de sus colores. El resultado, según mi amigo, debía ser el más gran retrato literario jamás pintado, y lo que me pedía era que fuera tan buen chico como para no molestarle con preguntas hasta el momento en que finalmente colgara ante mi vista su obra maestra. Me hizo el honor de declarar que, dejando a un lado al gran modelo que posaba para él, desde la altura de su indiferencia, yo era el entendido para el que por encima de todos trabajaba. Esperaba por tanto que me portase bien y que no tratase de mirar furtivamente por debajo del telón antes de que el espectáculo estuviera completamente dispuesto: mi disfrute, me dijo, sería mucho mayor si me quedaba sentado muy quieto.


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