La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Pasaré rápidamente sobre esta tragedia total, sobre lo que supuso para mí perder a mi mejor amigo, y completaré mi somera relación de mi paciencia y mi dolor declarando francamente que, en un post scriptum a la primera carta que le envié después de recibir la horrenda noticia, pregunté a la señora Corvick si su marido había podido al menos terminar su artículo sobre Vereker. Ella contestó con la misma prontitud con que yo había preguntado: el artículo, que apenas había sido comenzado, no era más que un descorazonador fragmento. Me explicó que mientras estaba en el extranjero nuestro amigo acababa de sentarse a redactarlo cuando fue interrumpido por la muerte de la madre de ella, y que entonces, a su regreso, había sido apartado del trabajo por los absorbentes asuntos en los que esa calamidad les había precipitado. Todo lo que había era el comienzo: unas páginas impresionantes y prometedoras que no llegaban a correr el velo que ocultaba al ídolo. Esta gran hazaña intelectual debía evidentemente haber constituido la culminación del artículo. No me dijo nada más, nada que me diera alguna luz sobre cuáles eran sus conocimientos: unos conocimientos que ella, al menos así me lo imaginaba yo, debió luchar denodadamente por conseguir. Lo que yo quería saber por encima de todo era si ella había visto al ídolo sin el velo. ¿Había habido una ceremonia privada para un público palpitante reducido a una sola persona? ¿Había acaso otro motivo, aparte de esta ceremonia, para la boda? Yo no quería apremiarla todavía, aunque cuando pensaba en lo ocurrido entre nosotros en torno a esa cuestión durante la ausencia de Corvick su reticencia me sorprendía. Así pues sólo mucho más adelante, desde Meran, me arriesgué a preguntárselo de nuevo, algo turbado porque ella seguía sin decirme nada. «¿Pudo usted oír en los cortos días de su infortunada felicidad —le escribí— lo que tanto deseábamos oír?». Había un «nosotros» implícito a manera de pequeño indicio; y ella mostró ser capaz de captar pequeños indicios. «Lo oí todo —me contestó— ¡y pienso guardármelo para mí sola!».