La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Bueno —dijo Gray, todavĂa con su silla—, dice usted que soy distinto… , si es que se refiere a que soy extraño a lo que siento que me rodea. Pero si supiera usted lo raro que me parece todo —rió— comprenderĂa que acepte protecciĂłn.
—¿Raro? —sin mediar ofensa, su anfitrión estaba claramente interesado en el término.
—¡Bueno, “tremendo” entonces!
—Tan tremendo que necesitas protección?
—Bueno —explicó Gray, sacudiendo suavemente el respaldo de su silla—, cuando uno simplemente ve que nada de su experiencia anterior le sirve, y que uno no sabe nada de nada…
Ante esto, más que nunca, la mirada de su tĂo hizo por abarcarlo entero.
—De nada de lo de aquĂ… ¡No! Eso es, eso es —el anciano repitiĂł blandamente—. Ése es el modo… Quiero decir, el modo en el que yo lo esperaba. Ella sabe que tĂş no sabes… ni quiere que sepas. Pero baja la silla —dijo; y a continuaciĂłn, cuando Gray, obedeciendo instantánea y delicadamente, hubo colocado el preciado artĂculo con todas las precauciones en el sitio donde estaba antes—: SiĂ©ntate en la cama. Hay sitio.
—Sà —sonriĂł Gray, mientras hacĂa con toda consideraciĂłn lo que se le decĂa—, a usted no se le ve en ningĂşn sitio demasiado l’étroit.