La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Presumo —respondió el tío— que dominas el francés.
Gray admitió esa complicación.
—Bueno, cuando uno lo ha oído desde la cuna…
—Y también los otros idiomas?
Pareció preguntarse si, por su bien, no sería mejor renegar de ellos.
—Bah, un par de ellos. En esos países se te quedan con facilidad.
—Bueno, aquí no se te hubieran quedado con facilidad, y sospecho que ninguna otra cosa; me refiero a las cosas que cultivamos principalmente. Y no permitiré que me digas —dijo el señor Betterman— que si hubieses aprovechado aquella ocasión, quizá lo hubieran hecho. De eso no sabemos nada. Y, de todos modos, eso lo habría echado a perder. Me refiero a lo que eres.
—Ya —espetó Gray, en la cama, pero sin dejar caer todo su peso—, ya, lo que “soy”…
—Me refiero, no a lo que eres, sino a lo que no eres. No aceptaré otra cosa; quiero decir que no te aceptaré sino como quiero que seas —explicó su anfitrión—. Y quiero que seas así.