La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —La entretenÃa porque ella le habÃa mandado buscar para hablarle.
—SÃ, lo sé. Pero es de lo más extraordinario.
—Es usted el que parece volver extraordinaria a la gente. Lo hizo con su tÃo, ya sabe…
—SÃ, ya. ¿Acaso no lo he mejorado? —preguntó Gray.
El médico de nuevo dudó por un instante.
—SÃ, si se refiere a que ahora debe de estar descansando de verdad. Pero vuelvo a su lado.
—Iré con usted, por supuesto —dijo Gray, buscando su sombrero. Cuando lo encontró, recordó incongruentemente:
—¡Ella me ha invitado a cenar!
Lo que poco menos que divirtió al médico:
—Inspira usted esfuerzos dignos de mención.
—Bueno, soy incapaz de hacerlos —lo que ahora resultaba de lo más extraño—: no puedo quedarme a cenar.
—Vayámonos entonces.
Ante lo cual, sin embargo, el doctor Hatch no se mostró excesivamente preocupado por dirigir su atención, en ese mismo instante, a otra cosa:
—¡Espléndida pieza! —exclamó ante la torre de marfil.