La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —No, no es eso, ni siquiera lo intenté. No la abordé (era terriblemente superior a mÃ, como sabe) en esos términos. Ahà —dijo Horton— es donde duele. Los términos eran sólo los de mi propia capacidad, mi capacidad de servirla en todos los respectos, con todas las aptitudes que yo pudiera poseer y viera que ella veÃa que yo poseÃa (de alguna manera, logré hacerle comprender eso) sin pasar nada por alto. No me hubiera importado que me hubiera dejado por imposible, por la más negra de las imposibilidades, si hubiese obrado bajo alguna ilusión; pero verdaderamente creÃa en mà como algo valioso, con un valor de primera… En eso salà bien parado, sin la menor duda. Y, con todo, lo que ella me vino a decir fue: “¡Qué burro eres!’
En repuesta a esto, sin embargo, su abrazo no obtuvo más que una vibración de cabeza de ella, y ni siquiera un estremecimiento ante aquel dolor tan vivamente descrito.