Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Él replicó que su anfitriona era alguien con quien no convenÃa tomarse ciertas libertades, aunque él era un privilegiado, porque casi siempre se mostraba amable con él y, si era bueno durante un tiempo, probablemente se lo dirÃa.
—Entretanto, me interesa ver qué es lo que hace con usted. Eso me dirá más o menos lo que sabe.
Milly siguió su razonamiento… que era lúcido, pero parecÃa sugerir algo más.
—Y ¿qué sabe de usted?
—Nada —respondió sin inmutarse lord Mark—. Pero eso no afecta a sus manejos conmigo. —Y, anticipándose a la pregunta de Milly sobre dichos manejos, añadió—: Esto, por ejemplo: sentarme a su lado.
La joven pensó.
—¿Quiere decir que no lo habrÃa hecho de haber sabido que…?
Él respondió como si no le faltara un punto de razón.
—No. Para hacerle justicia, creo que lo habrÃa hecho de todos modos. Asà que puede usted estar tranquila.
Milly aprovechó de inmediato su permiso.
—¿Porque, incluso en el peor de los casos, es usted lo mejor que puede ofrecer?
Eso consiguió divertirle por fin.