Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Una de las cosas que comprenderÃa después —Milly siempre veÃa las cosas a posteriori— fue que su compañero de mesa le habÃa expresado su respeto de un modo muy personal y distinto del de los demás. Le habrÃa gustado saber cómo lo habÃa hecho, sin necesidad de quejas ni disculpas. Pero se dijo que en cualquier caso la habÃa animado a seguir hablando, y que lo más curioso habÃa sido la pregunta con que lo habÃa hecho:
—¿La conoce a usted bien?
—No, sólo nos tiene aprecio.
Ni siquiera eso hizo reÃr a aquel noble viajado, curtido y hastiado.
—Me refiero a usted en particular. Esa señora de rostro tan encantador, que sin duda es ella misma encantadora, ¿se lo ha contado a la señora Lowder?
Milly miró a su alrededor.
—¿Qué?
—Todo.
Su manera de decirlo, volvió a emocionarla considerablemente e hizo que, por un momento, tuviera la sensación de que le estaba haciendo sorprendentes revelaciones. Aunque enseguida encontró una respuesta.
—Tendrá que preguntárselo a ella.
—¿A su inteligente compañera?
—A la señora Lowder.