Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Lord Mark contempló a través de sus anteojos las armoniosas cualidades de Susie.
—Pero ¿no es igualmente loable la fidelidad de la señora Stringham?
—Bueno, es un sentimiento muy hermoso; pero no tiene nada que ofrecer.
—¿No la tiene a usted? —preguntó casi al instante lord Mark.
—¿A mÃ… para obsequiar a la señora Lowder? —Fue evidente que Milly no se le habÃa ocurrido que pudieran utilizarla as×. Oh, no valgo mucho como regalo; e, incluso si asà fuera, no tengo la sensación de que me haya regalado.
—Pero la ha exhibido y, si nuestra amiga se aprovecha de usted, todo se reduce a la misma cosa —lord Mark hacÃa sus bromas sin divertirse, aunque no era precisamente adusto—. Tiene que admitir que, en cuanto la ve, la gente quiere conocerla; y, si es cuestión de dejarse ver, aquà está usted otra vez. Sólo que la han arrancado de las manos de su amiga; quien se beneficia ahora es la señora Lowder. Mire a los invitados y verá que todos quieren conocerla.
—Bueno —dijo Milly—, también tengo la sensación de que prefiero eso a que se burlen de mÃ.