Las alas de la paloma
Las alas de la paloma No obstante, de todo eso hablarían después; lo que hablaron entonces, a pesar de la vaguedad exhibida por pura conveniencia por lord Mark, no pudo estar más claro. Ella estaba ya, le comentó, pensando en lo que iba a decirle a su vecino del otro lado, como hacían siempre los norteamericanos. En conciencia, no tenía por qué hablarle; pero los norteamericanos lo ignoraban igual que, pobres criaturas (fue ella quien añadió lo de «pobres criaturas»), ignoraban lo que no había que hacer. ¡Qué cargas se echaban encima y cuántas complicaciones se buscaban! Aquella pulla fácil, pero en el fondo amistosa, contra su pueblo fue para ella un reconocimiento personal, hasta donde podía desearlo, por parte de su nuevo amigo; y Milly le proporcionó un ejemplo rápido y consciente de preocupación morbosa cuando insistió en que su propio deseo de ser «encantadora» se basaba en el modo tan encantador en que la había recibido la señora Lowder. Eso interesó mucho a lord Mark y, hasta más tarde, Milly no se dio cuenta de que le había dado mucha más información sobre su amiga que él a ella. También eso tuvo una nota característica: desde el momento en que se había zambullido en las oscuras profundidades de una sociedad más antigua, se había encontrado con el interesante fenómeno de unos motivos complicados y posiblemente siniestros. No obstante, Maud Manningham (su nombre, incluso en su presencia, seguía alimentando en cierto modo esa fantasía) había sido encantadora, y ella quería corresponder. Había ido a verlas a su hotel mucho antes de que ellas —eran dos— pensaran que podía haber recibido su carta. Por supuesto, habían escrito con anticipación, pero también habían viajado muy deprisa. Las había invitado a cenar apenas dos días después y, a la mañana siguiente, sin esperar a que correspondiesen, ni ninguna otra cosa, se había presentado a visitarlas acompañada de su sobrina. Era como si de verdad se preocupara por ellas movida por una loable fidelidad a la señora Stringham, la amiga y antigua compañera de estudios de la señora Lowder, la dama de rostro encantador y vestido más bien recatado que estaba al otro extremo de la mesa.