Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Cada vez estaba más sorprendida; casi se sintió como si le estuviese mostrando visiones; y, curiosamente, aunque eran esas visiones lo que la había atraído, no las había tenido en relación —es decir en una relación preliminar y necesaria— con un rostro, unos ojos, una voz y unos modales como los de lord Mark. Por un instante tuvo el efecto de hacer que Milly se preguntara si, justo ahora, iba a tener miedo; pues hubo cincuenta segundos en que lo vio con tanta claridad que la dominó el temor. Ahí estaban otra vez, sí, sin duda: ellas se habían tomado a broma los avances de Susie con la señora Lowder, pero en mitad de la diversión habían accionado un timbre eléctrico que aún seguía sonando. Ahora mismo, en la mesa, le parecía estar oyendo su estrépito, y en esos momentos le extrañó que los demás no lo oyeran. No se quedaban con la mirada fija, no sonreían y el miedo del que hablo no era más que su deseo de detenerlo. No obstante, se calmó como si hubiese callado la propia alarma; le pareció haber comprendido de un vistazo rápido y airado que tenía dos posibilidades: una marcharse de Londres a primera hora de la mañana y la otra no hacer nada. Pues bien, no haría nada, ya lo estaba haciendo; es más, ya lo había hecho y había desaprovechado su oportunidad. Se dejó llevar, tuvo la extraña sensación de estar decidiéndolo allí mismo, pues cambió de dirección antes de seguir hablando con lord Mark. Inexpresivo pero con enorme elocuencia, éste respondió como nadie podría haberlo hecho a la misma pregunta que le había planteado de pronto a la señora Stringham en el Brünig. ¿Seguiría teniendo lo que tenía, fuera esto lo que fuese, mucho más tiempo? Esta había sido la pregunta. «¡Ay! Muy posiblemente no —pareció responder su vecino—; por eso, ¿no lo ve?, ¿yo soy el camino?». Quedó muy claro que tal vez lo fuese, pese a la falta de florituras, y que el camino consistía precisamente en esa falta. Tal vez también lo fuese la joven guapa, a quien no había perdido de vista y que le daba la sensación de que también la estaba observando, pues en ella también se percibía esa falta de florituras, aunque, que pudiera ver, apenas tuviese otra cosa en común con lord Mark. Sin embargo, ¿cómo expresar, qué entendía una y, ya puestos, de qué era consciente, aparte de que ambos representaban en cierto sentido la misma cosa? Kate Croy, guapa, pero amable, la miraba como si realmente adivinase el efecto que estaba causando en ella lord Mark. Si de verdad podía adivinarlo, ¿qué sabía de dicho efecto y hasta qué punto lo había sentido ella misma? ¿Representaba para ellos algo en particular y debía interpretarlo como si esa doble inteligencia duplicara e intensificara la relación en la que se estaba sumergiendo? Era muy raro que hubiese tenido que reconocer tan deprisa y de un solo vistazo los diversos síntomas de una relación; y esa anomalía en sí misma, si hubiese podido dedicarle más tiempo, podría haberle dado a entender de un modo casi terrible que su destino era vivir deprisa. Era, extrañamente, cuestión de corto plazo y su conciencia se abarrotaba proporcionalmente.


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