Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Eran unas divagaciones inmensas para el espíritu de una joven en una simple cena de la señora Lowder; pero ¿qué podía ser más significativo y admonitorio que el hecho de que fuesen posibles? ¿Qué otra cosa podrían haber sido sino una parte de esa conciencia abarrotada? Como también lo fue que, mientras cambiaban los cubiertos y sacaban los nuevos platos, y a medida que iban transcurriendo las distintas fases del banquete; mientras se subrayaban las apariencias, se multiplicaban los fenómenos y le iban llegando las palabras de aquí y de allá como los rociones de una lenta y espesa marea; mientras la señora Lowder se iba volviendo más sólida y firme y Susie, a distancia y en comparación, más tenuemente improvisada y más diferente de todos y de todo; mientras, en suma, proseguía aquel proceso, nuestra joven señorita se posara, regresara y volviese a encajar su destino como si con uno o dos movimientos de las alas hubiese podido situarse brevemente ante una alternativa a él. Fuese lo que fuese, se había mostrado en ese breve intervalo mejor que la alternativa; y ahora se presentaba en la imagen y el lugar donde lo había dejado. La imagen era la de ser, como había afirmado lord Mark, un éxito. Lo cual dependía, claro, más o menos de lo que ella opinara, aunque por el momento prefirió no pararse a pensarlo. En cambio, volvió a insistir y le preguntó qué pensaba que haría con ella la señora Lowder, y él había respondido que podía dejarlo en manos de ésta.