Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Milly necesitaba, en suma, una prueba y él estaba deseando proporcionársela. Era la viva imagen de un maravilloso Bronzino[24] que debía ver a toda costa. Así se la llevó, sin muchas dificultades, pues la mansión la había atrapado ya en su círculo místico. No obstante, no siguieron el camino más directo, sino que su lento avance se vio interrumpido por innumerables pausas naturales y amables conmociones, causadas en su mayor parte por la aparición de damas y caballeros, solos, en parejas, o en grupos, que les obligaban a detenerse con un invariable: «Oye, Mark». Ella no llegó a entender bien lo que le decían, pero le llamó mucho la atención que todos se conocieran tan bien; por lo demás, su impresión fue que los demás invitados flotaban aún más que ellos, como figurantes, la mayoría un poco estropeados para ser airosos caballeros o damas distinguidas. Daban la sensación de moverse por la inercia de un impulso ya muy lejano, pese a que seguían teniendo buena planta y aún parecían garantizados para una buena temporada, y le pareció, sobre todo al tratarlos en grupo, que tenían voces más agradables que si fuesen actores, que pronunciaban palabras huecas y amistosas y que se tomaban libertades hasta cierto punto disculpables con la mirada. Sus ojos se demoraban en ella más de la cuenta acompañados, con franca sencillez, por aquel inane «Oye, Mark», y era evidente que él parecía sugerirle que, si no tenía objeción, dejara disfrutar a aquella pobre gente.