Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Lo raro fue que, gracias a sus discretos modales —sin duda era admirable su modo nada enfático de expresarse—, consiguió convencerla medio en broma de que de verdad estaban disfrutando de su amable disposición. A Milly no le fue difícil advertir que la velada era una especie de feria frívola y agradable, una variopinta multitud de londinenses, que se conocían y que, a su manera, admitían su curiosidad. Habían sabido que ella estaría ahí, había despertado sus dudas y lo más fácil era fustigarlo a él con sus preguntas y, en general, creer lo que les dijera. ¿Acaso no percibía Milly de una manera pasiva que no le deseaban ningún mal, hasta el punto de que le era indiferente que se los presentara o no? Lo más extraño era tal vez la altiva seguridad y la indiferencia con que podía responder a las miradas insulsas que en aquel caso parecían la cota más elevada de civilización. Se sentía tan poco responsable de lo que pudieran decir de ella, que aceptarlo sin cuestionárselo podía ser un modo como cualquier otro de disfrutar de la vida. Era inevitable encajar en la más que probable caracterización de la joven norteamericana riquísima, rara, pero a la que en todo caso valía la pena conocer; y en realidad sólo especuló un instante sobre las fábulas y fantasías que debían haber circulado. Sólo una vez se planteó la inconcebible posibilidad de que Susie hubiese podido haber sido indiscreta, pero la descartó en el acto. Sabía con total claridad por qué había elegido a Susan Shepherd: porque, desde el primer momento, tuvo la convicción de que era la última persona del mundo capaz de portarse así. De manera que no era culpa de ellas y podía suceder cualquier cosa, todo podía volver a mezclarse, y las miradas amables siempre eran de agradecer: ¡ojalá fuese eso lo peor! Entró en la casa con su acompañante y esquivaron con benevolencia todos los obstáculos. Al parecer el Bronzino se hallaba en las profundidades de la mansión y la luz oblicua de la tarde se demoró para ellos en manchas de color antiguo y los emboscó a su paso en los rincones y las vistas lejanas.


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