Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Milly intuyó que lord Mark la había llevado allí por otro motivo además del que había confesado; era como si quisiera decirle algo y esperase la ocasión de hacerlo con mucha finura y sin asomo de torpeza. Al mismo tiempo, cuando llegaron delante del cuadro, fue como si se lo hubiese dicho, pues todo se reducía a: «Déjese cuidar un poco por alguien que no tiene un pelo de tonto». Lo consiguió, en cierto sentido, con la complicidad del Bronzino; antes no le había importado que fuese tonto o no; pero en ese momento se alegró de que no lo fuera; y tanto más porque le recordó lo que le había dicho la señora Lowder. También ella quería cuidarla, ¿no era, à peau près[25] lo que pretendía toda aquella gente que la miraba con tanta amabilidad? Una vez más, las cosas se mezclaron: la belleza, la historia, la desenvoltura y la espléndida luz de mediados del verano. Fue una especie de majestuoso apogeo, el rosado alborear de una apoteosis curiosamente prematura. Lo que sucedió en realidad, tal como comprendió después, fue que lord Mark no dijo nada en particular y fue ella quien habló. No pudo evitarlo, pues se le saltaron las lágrimas nada más ver el misterioso retrato. Tal vez fuesen las lágrimas las que lo hicieron tan bello, extraño y maravilloso como le había dicho: el rostro de una joven dibujada de manera espléndida hasta el último detalle de las manos y vestida de forma no menos espléndida; un rostro de tez casi lívida, pero hermoso en su tristeza, y coronado por una mata de pelo recogido que, antes de que el tiempo lo desvaneciera, debió de tener un aire de familia con el suyo. La dama en cuestión, con sus rasgos marcados al estilo de Miguel Ángel, sus ojos de otro tiempo, sus labios carnosos, su cuello largo, las joyas renombradas y los brocados rojizos y descoloridos era un importante personaje, aunque sin rastro de alegría. Y estaba muerta, muerta, muerta. Milly la saludó con unas palabras que no tenían nada que ver con ella: