Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Por suerte es usted activa por naturaleza… Es estupendo, aprovéchelo. Sea activa, sin hacer tonterÃas, pues no es ninguna tonta, pero sea usted tan activa como quiera y como mejor le parezca.
Éste habÃa sido, de hecho, el último empujón y el detalle que le produjo una extraña confusión que evocaba al mismo tiempo lo que habÃa perdido y lo que le habÃan dado. Mientras seguÃa su paseo sin rumbo, le pareció sorprendente que ambas cosas estuviesen tan equilibradas: la habÃan tratado, ¿o no?, como si vivir estuviera al alcance de su mano, y, sin embargo, a nadie se le trata asÃ, ¿verdad?, a no ser que esté claro que se va a morir. La antigua y mezquina sensación de seguridad habÃa perdido todo su esplendor: la habÃa dejado atrás para siempre. A cambio, le habÃan ofrecido el de una gran aventura, un extraordinario experimento o una lucha en la que podrÃa participar con mayor responsabilidad que nunca. Era como si hubiese tenido que arrancarse del pecho un adorno conocido —una flor que le fuese familiar o una joya antigua— que formara parte de su atuendo cotidiano; y le hubiesen entregado para reemplazarla una extraña arma defensiva, un mosquete, una lanza o un hacha, que tal vez le diese un aspecto extraño, pero que la obligaba a esforzarse por parecer marcial.