Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Tuvo la sensación de llevarla ya a la espalda, así que anduvo de verdad como un soldado en un desfile, como si, para adiestrarla, le hubiesen ordenado cargar por primera vez. Pasó por calles desconocidas, por callejones sucios y polvorientos, entre fachadas de casas que no iluminaba la luz de agosto; se creyó capaz de recorrer kilómetros y kilómetros y deseó perderse; hubo ocasiones en las que, al detenerse en una esquina para determinar qué dirección seguir, estuvo a la altura de la recomendación que le habían hecho de que aprovechase que era activa. Tener motivos tan nuevos era un placer desconocido: afirmaría cuanto antes la opción de su voluntad; tomar posesión de lo que la rodeaba era una hermosa manera de empezar; y le daba igual que Susie pudiera preocuparse por su ausencia. Susie querría saber «qué había sido de ella», como decían en el hotel; pero ésta sería sólo una de las muchas sorpresas que la aguardaban. Sorpresa, sin duda, era lo que despertaban sus pasos; le parecía ver reflejados su imagen y su porte en los ojos de la gente. Se vio deambulando a veces por barrios evidentemente poco frecuentados por jóvenes neoyorquinas, con ropa oscura, plumas negras e incongruentemente calzadas que mirasen a todas partes con aire extravagante; a juzgar por la curiosidad que despertaba en los pasajes y los callejones que deseó que fuesen de los bajos fondos y en los que pululaban niños mugrientos y vendedores ambulantes, lo mismo podría haber llevado el mosquete al hombro y haber declarado abiertamente que marchaba por el sendero de la guerra. Pero el miedo a sobreactuar la llevó a iniciar aquí y allá alguna conversación y a preguntar el camino, aunque, para satisfacer las necesidades de la aventura, eso era lo último que quería saber. Lo malo fue que al final lo encontró por casualidad: enseguida reparó en que había ido a parar a Regent’s Park, por donde había paseado solemnemente en su carroza una o dos veces en compañía de Kate Croy. Pero esta vez se internó en él; ésa era la realidad, el mundo real estaba lejos de las avenidas ostentosas, en las extensiones de césped del centro del parque. Por todas partes había bancos, ovejas sucias de hollín, muchachos que jugaban ociosos a la pelota y cuyos gritos amortiguaba el espesor del aire; paseantes cansados y angustiados como ella y cientos de personas en su misma situación. ¿Qué les angustiaba en aquel lúgubre parque sino la vida misma? Podían vivir si querían, les habían dicho lo mismo que a ella: le parecía estar viéndolos en sus sillas, digiriendo la información, reconociendo, bajo una forma familiar y ligeramente distinta, la bendita y antigua verdad de que podían vivir si querían. Quiso sentarse en su compañía para compartir eso con ellos, e incluso buscó un banco vacío y despreció una silla que había cerca y por la que tendría que haber pagado.


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